Un día más me crucé con él antes del amanecer.
Muy tempranito ya estaba trabajando, conduciendo su carrito y dándole al suelo con el cepillo de barrer.
Cada día, mi amigo el barrendero hace el mismo recorrido para recoger los desperdicios que dejan los transeúntes por cualquier rincón de la ciudad.
Este día fue diferente. Le pude saludar y charlamos unos minutos.
Me gustó su filosofía y su actitud positiva ante la vida. Me quedé con su frase de despedida.
El oficio de barrendero produce una gran felicidad, mientras va barriendo, va riendo.
Me hizo gracia la frasecilla y me dio pie para escribir esta entrada.













